La otra mujer era más joven, su pelo era ensortijado y verdoso. Las grietas también surcaban su rostro, con una marcada expresión de felicidad. La sola idea de decapitarme les producía un regocijo atroz. Yo ya no podía mantenerme en mi silla, presentía que el final seria inmediato, eminente. Me había resignado a aceptar las consecuencias de haberme ausentado por tanto tiempo. Ellas sabían demasiado de mi, y yo muy poco de ellas. Sabían de mis miedos, por eso habían sacado el cuchillo. De niña, le había temido a los cuchillos, con sus puntas tan filosas. Creo que fue tras escuchar que un vecino había degollado a su mujer con uno de ellos. Desde ese día, antes de acostarme guardaba todos los cuchillos de la casa, con las puntas diabólicas apuntando hacia la parte interna del cajón. Así, me sentía a salvo del peligro. Era una ironía del destino que mi final llegara de manos del odiado utensilio.
La anciana sacó el pañuelo. Era blanco, con los bordes bordados de color naranja y unas pequeñas flores de color amarillo en una de las esquinas. Se limpió la cara. Parecía asustada, pero su expresión seguía inmutable: quería ver sangre. Entonces, dio la orden a la otra mujer, que seguía a su izquierda. “Hay cosas que son imperdonables. Hija mía, ahora, sólo te queda morir. Es tu oportunidad de llegar a conocer la gloria”, dijo, solemne, implacable y mortal. Se preparó para ejecutarme. Limpió el cuchillo una vez más, para que reluciera aun más. Se paró firme, abriendo las piernas para mantener el equilibrio. Rezó entre dientes. Yo bajé la cabeza, ya no tenía escapatoria. Esperé que el helado metal rozara mi cuello o tal vez lo rebanara. Deseaba que fuera rápido, sin dolor. Como todos los que alguna vez se plantean como sería la muerte. Deseaba no dejar sangre, como aquellos suicidas que recurren a pastillas y mueren pareciendo dormidos.
La mujer bajó el cuchillo con ímpetu. De un solo intento me decapitó. Desgarró mi cuello entero, dejando caer la cabeza sobre una almohada cuidadosamente ubicada en el piso. La cabeza quedó allí, quieta, mientras mi cuerpo se tambaleaba en la silla y se desplomaba hacia la derecha. La anciana guardó su pañuelo, la tarea estaba cumplida. Para suerte mía, fue rápido, tan rápido que casi no lo sentí. Pero sobretodos las cosas, agradecía no haber sangrado, cosa que sorprendió a las mujeres. Las dos quedaron atónitas al ver que no solo mi cabeza seguía con vida, sino que no había derramado ni una gota de sangre. Mi cuerpo muerto, mi cabeza vivita y coleando. Abrí los ojos lentamente, esperando ver algún ser sobrenatural, el cielo o el infierno, o al menos tierra, pero nada de eso ocurrió. Al abrir los ojos, me encontré inmersa en las mismas circunstancias de mi decapitación, solo que las mujeres ya no se mostraban poderosas e inquisidoras. Las dos tenían miedo. Al tomar conciencia de lo que estaba sucediendo, comencé a reír, tan fuerte que desperté a los habitantes de la casa con mi risa. Las mujeres se desesperaron. Temían que su crimen se descubriera.
Los pasos se acercaban cada vez mas apresurados a la cocina. Las mujeres no sabían que hacer con mi cuerpo y con mi cabeza, mientras yo gritaba con todas mis fuerzas, pidiendo auxilio. Tras empujar la puerta, los demás entraron a la casa. Las mujeres escondieron el arma del delito, y disimuladamente comenzaron a servir la comida caliente sobre la mesa, que estaba puesta. Todos se sentaron, un hombre corpulento y de lentes recogió mi cabeza, la colocó sobre mi cuerpo y logró acomodarla de forma tal que me permitiera tragar cada bocado sin perder ningún pedazo por el tajo que atravesaba mi cuello. Comimos gustosos todos, mientras las mujeres nos miraban desde la punta de la mesa, alagadas por nuestros cumplidos hacia su deliciosa comida, escondiendo el cuchillo ensangrentado tras sus espaldas.