30 diciembre 2007

Malenamoramiento

Escuchó sonar su teléfono y se preparó para lo inesperado. No era casualidad, pero realmente la tomó por sorpresa. Una aparición repentina, una presencia que sería próxima, tangible, deseada hasta el cansancio. Después de tres meses, Carlos se comunicó con ella, con el mismo tono amigable y dulce que había usado siempre para tratarla. “Señorita”, encabezó su mensaje, y ella supo que esa noche no sería igual a las demás. Desencantada por tanta búsqueda sin recompensa, había decidido vivir el resto de su vida sin el contacto espiritual, ni siquiera físico, con el sexo masculino. Muchas malas experiencias la habían convertido en una mujer dolida, atravesada por el desengaño. Y a pesar de su tierna edad, su corazón estaba surcado por amores no correspondidos, por la resignación de quien admite que ya no vale la pena correr, porque llegará tarde de todos modos.

Carlos apareció de imprevisto, como trampa mortal que es inadvertida por la ingenua presa. Ella no era ingenua, pero sus sentimientos se habían apoderado de las pocas neuronas que lograban quedar en funcionamiento cada vez que él que se aparecía en su vida. Sabía de antemano qué sucedería. Había decidido darle una última oportunidad. No hacía falta ningún tipo de artilugio: estaba todo dicho. Esa noche ella respondería su mensaje y esperaría ansiosa la llegada de aquel galán de tercer mundo, comerían juntos, se dirían cosas impensables al oído, alucinados por el éxtasis de sus cuerpos. Esa noche llegarían mas lejos de lo que jamás habían llegado, pero ella no se atrevería a entregarle más. Sin embargo, él saldría triunfante: había logrado robarle su bien más preciado.

Por la mañana, todo volvió a ser como era. La tediosa rutina puesta en marcha una vez más. Ella despertó, y Carlos ya no estaba allí. Su corazón no estaba para hacer promesas que no cumpliría. Por eso, huyó durante la madrugada, furtivo, escapando de las luces del alba. Eso no la sorprendió.

Faltaban pocas horas para su partida. Comenzó a preparar su equipaje y de repente una corazonada, un pálpito la tumbó en la cama. Atónita, se quedó mirando la ropa limpia que estaba doblada sobre un estante del placar. Tuvo miedo. Se incorporó enérgica y muy lentamente levantó la pila de ropa, buscando algo perdido. No lo encontró allí, empezó a buscarlo en todo el placar. Ya había perdido la calma, y desesperada revolvió toda la habitación, se dirigió a la cocina, al living, buscó hasta en el baño. Pero no lo encontraba. Fue entonces cuando se dio cuenta de la cruel realidad. Ella decidió definitivamente alejarse de su peligrosa seducción: Carlos le había robado.

Un hueco profundo se habría en medio de su pecho, un hueco oscuro, sin fondo. Se había llevado su corazón. Ella, descorazonada. Bajó los brazos y dio por terminada la búsqueda: él había desaparecido, llevándolo consigo, quién sabe donde. Nunca mas escribió, ni llamó, ni apareció. Y ella tuvo que acostumbrarse a vivir descorazonada.