13 noviembre 2007

VENTIUNO

Esa noche hicimos el amor sobre el colchón que estaba en el suelo. Habíamos llegado a la conclusión de que esa era la manera de reconciliar nuestras diferencias. La discusión había sido efímera, pero profunda, y nos habíamos dicho cosas que hieren. Habían vuelto a salir a luz cuestiones olvidadas, cuestiones guardadas en el cajón de la conveniencia, en algún lugar de nuestro rencor. Debo admitir que me gustaba discutir con él. No sé si por su lógica, o por alguna especie de masoquismo, o por probar mi tolerancia, pero siempre que discutíamos me llenaba de satisfacción. Era un mecanismo enfermo. Él siempre salía ileso, triunfal. Después de terminar, él salio rápido hacia el baño. Yo tenía la costumbre de demorarlo porque me encantaba ver su cara cuando terminaba, era una mezcla de agotamiento y placer que me volvía loca. Esa noche no lo demoré. No había demasiado tiempo, porque estaríamos solos por un rato. Cuando el salio del baño yo ya me había vestido. Me puse su remera que me quedaba larga, que me tapaba la cola, porque me había olvidado mi pijama. "Ponete mi remera para dormir", me había dicho antes de salir corriendo al baño. Yo le hice caso. Él salio y yo estaba acostada en el colchón, agotada. Se sentó a mis pies, yo lo miraba perdida, pensando para mi que él era hermoso, que era lo que mas amaba. Él puso música, empezó a sonar un cd de Soda Stereo. Mientras me acariciaba, hablábamos de música, de lo que nos gustaba y lo que no, de si esa canción que sonaba estaba buena y a que nos remitía. No me acuerdo que canción sonaba, "es un lindo tema", le dije. Sonó el timbre, él se termino de vestir y bajó a abrir la puerta. Yo me tapé, y me hice la dormida, hasta que me dormí de verdad. Desperté cuando sentí su presencia a mi lado, él había ido a decirme buenas noches. Nos abrazamos, nos besamos. Nos dijimos cosas dulces al oído. Le dije que había puesto el despertador temprano, porque me tenía que volver a casa, el dia iba a ser largo. Y él se dio vuelta, dándome la espalda. "¿Qué te pasa?", le pregunté sorprendida. "Pensé que te ibas a quedar todo el día conmigo", dijo y se levantó sin mirarme, se fue a su cama. Desperté temprano, él me abrió la puerta, me dio un beso seco, desabrido, desganado, y me despidió en la entrada del edificio. Me fui pensando en lo repentino que puede ser todo, en su abrupta reacción, en mandarlo a la mierda y no volver a hablarle por un tiempo. Me dolió su humor cambiante, su incomprensión. Pensé en volver a aclarar las cosas, a pedir una explicación. Pero sabía que no tenia sentido, que todo iba a terminar como siempre, haciéndonos el amor.

Lo conocí en una circunstancia particular, me acuerdo como si fuera ayer. Lo volví a conocer un año después, y desde ese día no nos separamos. Fue todo repentino, mágico. No creo en el amor a primera vista, pero con él fue similar. Llovía y su cara venía a mi mente, ocupaba mi pensamiento entero, mis más profundos deseos. Lo admiraba, por sus certezas y sus valores, por la forma que tenia de cambiarme la cara en los días grises y adversos. Lo amaba, porque a pesar de que a veces cuando me hablaba no lo escuchaba, él seguía contándome sus anécdotas, sus ideas. Él sabía que yo a veces no lo escuchaba, o que escuchaba lo que quería.

Era domingo. A las seis de la tarde me llamo por teléfono, no se oía bien, y yo presentí que estaba dolido. Me pidió que volviera, que necesitaba que aclaráramos los tantos, él no estaba bien y quería saber que me pasaba a mí. “No estoy bien”, me dijo, con voz temblorosa. Yo preparé mis cosas y me fui en busca de una reconciliación, porque odiaba estar distanciada, pelearnos. Odiaba porque sentía que pelearme con él no tenia sentido, porque las razones no tenían razón de ser, porque los dos queríamos estar juntos y sin embargo los dos pensábamos que él otro ya no quería estar. Me hacia sentir un vació gigante en el pecho, me hacia sentir insegura. Me daba miedo de cómo pudiera reaccionar. Él no era un tipo violento, era más bien bonachón. Siempre me había sorprendido su sensibilidad, no tenia vergüenza de llorar, a veces lloraba por cosas que no eran tan trágicas ni importantes, pero igual me rompía el corazón. Yo en cambio era una piedra, tenía una coraza que no me dejaba llorar en los momentos difíciles. Pero seguro lloraba cuando hablábamos cosas sencillas, siempre se me caía una lágrima cuando hablábamos del futuro, de nosotros dos, de los sueños. Siempre me soñaba a su lado. Tenia miedo de que algún día reaccionara mandándome a la mierda, de que me dijera que se había hartado de mis caprichos, de mis locuras, de mis inseguridades. "Me cansé de vos", imaginaba que me decía, con vos soberbia y con la bronca en su mirada. Pero eso no pasó esa noche. Me encontré con él al bajar del colectivo. Lo abracé, con cierta reticencia, esperando su reacción. Él me abrazó como un oso, me apretó fuerte, fuerte contra su pecho, pero su beso fue a penas un roce de labios. Entendí la señal: había posibilidades de dialogo conciliador, pero iba a costar. Caminamos de noche por el boulevard. Fuimos hasta el edificio, y subimos en silencio hasta el octavo piso. Entramos al departamento y empezamos a charlar. Cocinamos, nos hicimos algo rico de comer. Comimos viendo la tele, como lo hace cualquier familia, cualquier pareja, cualquier persona en estos días. Y después nos fuimos a la cama. Casi no hablamos, y sobre lo que teníamos que hablar no hablamos para nada. Hubo de nuevo sexo conciliador, y los dos la pasamos bien. Después cada uno se fue a su cama, nos dimos el beso de las buenas noches, y yo me dormí en seguida. Siempre me dormía después de hacer el amor, terminaba agotada. Él se quedaba mirándome dormir hasta que lo vencía el sueño. Siempre me lo confesaba al despertar.