Todos los lunes, miércoles y viernes él tomaba la leche rápido, comía algunas galletitas de agua, y bajaba trotando hasta el club, que quedaba a 3 cuadras de su casa. Que el club quedara cerca no era una ventaja, al contrario, siempre lo llevaba a quedarse en su casa o salir sobre la hora, y tomar la leche rápido. El fútbol se había vuelto algo frustrante en su vida. Era joven, un chico todavía, pero había jugado al fútbol desde siempre. Desde que era chiquito y la pelota era más grande que sus piernas, había amado el fútbol. Empezó en un club chiquito, rodeado de compañeritos chiquitos, y con metas chiquitas también: divertirse. Con el paso del tiempo, y a medida que pegaba el estirón, la diversión paso a segundo plano. Ahora, lo primero era la competencia. Jugar al fútbol había dejado de ser un juego.
Todos los domingos se jugaba el torneo. Local o visitante, su padre siempre estaba allí, era su fan numero uno. Él era un jugador habilidoso, un delantero de punta ligero y preciso. No le gustaba cabecear, pero sabía que a veces era necesario. Tenía piernas fuertes, macizas. Una vez, le quebró el brazo de una patada a uno de la promoción 1994, que iba a su colegio, porque le hacia chistes de mal gusto con su mama. “El me provocó”, se excusó. Esa vez le pusieron 10 amonestaciones, y no lo dejaron salir por un mes. No hubo fiestas de cumpleaños, partidos de tenis ni paddle, ni siquiera iba al cyber. “Debe ser porque no está canalizando la fuerza que tiene, eso lo debe poner violento”, decía la madre, preocupada. “Tiene que seguir yendo a fútbol, hay que obligarlo porque a el le hace bien”, pensaba para si.
El equipo dependía de él, técnica y anímicamente. Sus compañeros sabían que si él no iba, lo mas seguro era la derrota. A veces cuando él iba también perdían, pero era distinto, porque la culpa la tenían los otros, nunca él. Me acuerdo un domingo que estaba enfermo, volaba de fiebre. Los chicos de su clase lo fueron a buscar a su casa, para que fuera al club, el partido empezaba en media hora y les sorprendía su ausencia. Tocaron el timbre, domingo, 8 de la mañana, nadie se levantó a atender. Martín se levantó de la cama como pudo, con 38 grados de fiebre, y les dijo que no iba, que estaba enfermo. A los chicos se les cambio la cara. “¿Y ahora que vamos a hacer? ¿En serio te sentís tan mal?”, le dijeron. Ahora tenían que ver como hacer para suplantarlo, para no sufrir su ausencia. La dependencia del equipo se había vuelto una presión insoportable. La dependencia del técnico y las exigencias de su padre también.
Todos los domingos el padre iba religiosamente a verlo. El fútbol se había convertido en su religión, la cancha su templo, el partido su misa, y su hijo Dios. Durante los 30 minutos que duraba el encuentro, no hacia más que gritarle, son el corazón en la boca y los nervios de punta, distintas tácticas y estrategias para lograr el triunfo. “Adelantate”, “pica por derecha”, “despertate boludo”, “esta mañana estas dormido”, y otra serie de enunciados que se habían vuelto una oración sabida de memoria, repetida cada partido. Una vez el arbitro paró el partido para pedirle que se callara, porque lo desconcentraba y desconcentraba a los jugadores con sus gritos enardecidos. Indignado le grito al arbitro: “payaso, vos no sabes dirigir”. Y el árbitro lo hecho de la cancha, lo expulsó sacándole la tarjeta roja. Al volver a su casa, no dejaba de protestar: “No se puede echar al público”, eso decía, sacado de bronca. Martín, lo miraba sin decir nada, tenia vergüenza ajena por lo que había sucedido, y vergüenza propia porque era su padre el “inadaptado” de la cancha.
Por todo esto, el fútbol pasó de ser una pasión a su peor pesadilla. Prefería verlo por TV. La Champion´s League, la Liga Italiana, la Española, la Copa UEFA, el Apertura y el Clausura. No se perdía ninguna. Y cuando no había nada para ver en el cable, prendía la computadora. Y jugaba al Pro Evolution Soccer 8 hasta altas horas de la madrugada. Pero se negaba a ir al club, aunque le quedara cerca de su casa. Sus padres no entendían su abrupto desencanto con el fútbol. No tenía problemas con los demás deportes. De vez en cuando, iba a jugar al tennis o al paddle, también al gimnasio, y siempre decía que le encantaría empezar natación. Pero había borrado al fútbol de su mente.
A veces me daba lastima que desperdiciara así todo su potencial. Era muy buen jugador, y se sabía bueno. Yo quería que el fuera exitoso. Muchas veces había fabulado con verlo triunfando en Europa, llenándose de gloria y dinero, manejando un auto caro por las calles de Madrid. Soñaba que iba a visitarlo, iba a verlo jugar y decía: "Ese es mi hermano", llena de orgullo. Siempre me pregunto si el soñaría lo mismo, si el también se imaginaba manejando ese auto caro. Pero el ya no era feliz con el fútbol. Entonces trataba de conformarme viéndolo en alguna profesión, medico, arquitecto, fisioterapeuta, o quizás jugando otro deporte. Pero no podía, el había nacido para jugar al fútbol, aunque el no quisiera.
Quizás son etapas, en las que uno se desencanta y pierde las ganas de seguir haciendo siempre lo mismo. Son esas épocas en que la rutina te agota, entonces de un día para otro dejas todo, y te dedicas a la jardinería, o algún otro hobbie que no este relacionado en lo mas mínimo con lo que hiciste toda tu vida.
Ahora el sigue tomando la leche apurado, con algunas galletitas de agua, y baja trotando al club, a las 6.05, tarde como siempre. Entrena los lunes, los miércoles y los viernes, y juega partidos los domingos. Va y hace goles porque tiene alma de goleador. Todos lo ovacionan cuando tira un caño, una gambeta y uno que otro firulete. Pero ya no lo hace con ganas, quizás vaya por satisfacer las expectativas de su padre, de su familia, de su equipo, de su director técnico, de su club. Y quizás juegue por inercia. Eso nunca lo sabré.
Todos los domingos se jugaba el torneo. Local o visitante, su padre siempre estaba allí, era su fan numero uno. Él era un jugador habilidoso, un delantero de punta ligero y preciso. No le gustaba cabecear, pero sabía que a veces era necesario. Tenía piernas fuertes, macizas. Una vez, le quebró el brazo de una patada a uno de la promoción 1994, que iba a su colegio, porque le hacia chistes de mal gusto con su mama. “El me provocó”, se excusó. Esa vez le pusieron 10 amonestaciones, y no lo dejaron salir por un mes. No hubo fiestas de cumpleaños, partidos de tenis ni paddle, ni siquiera iba al cyber. “Debe ser porque no está canalizando la fuerza que tiene, eso lo debe poner violento”, decía la madre, preocupada. “Tiene que seguir yendo a fútbol, hay que obligarlo porque a el le hace bien”, pensaba para si.
El equipo dependía de él, técnica y anímicamente. Sus compañeros sabían que si él no iba, lo mas seguro era la derrota. A veces cuando él iba también perdían, pero era distinto, porque la culpa la tenían los otros, nunca él. Me acuerdo un domingo que estaba enfermo, volaba de fiebre. Los chicos de su clase lo fueron a buscar a su casa, para que fuera al club, el partido empezaba en media hora y les sorprendía su ausencia. Tocaron el timbre, domingo, 8 de la mañana, nadie se levantó a atender. Martín se levantó de la cama como pudo, con 38 grados de fiebre, y les dijo que no iba, que estaba enfermo. A los chicos se les cambio la cara. “¿Y ahora que vamos a hacer? ¿En serio te sentís tan mal?”, le dijeron. Ahora tenían que ver como hacer para suplantarlo, para no sufrir su ausencia. La dependencia del equipo se había vuelto una presión insoportable. La dependencia del técnico y las exigencias de su padre también.
Todos los domingos el padre iba religiosamente a verlo. El fútbol se había convertido en su religión, la cancha su templo, el partido su misa, y su hijo Dios. Durante los 30 minutos que duraba el encuentro, no hacia más que gritarle, son el corazón en la boca y los nervios de punta, distintas tácticas y estrategias para lograr el triunfo. “Adelantate”, “pica por derecha”, “despertate boludo”, “esta mañana estas dormido”, y otra serie de enunciados que se habían vuelto una oración sabida de memoria, repetida cada partido. Una vez el arbitro paró el partido para pedirle que se callara, porque lo desconcentraba y desconcentraba a los jugadores con sus gritos enardecidos. Indignado le grito al arbitro: “payaso, vos no sabes dirigir”. Y el árbitro lo hecho de la cancha, lo expulsó sacándole la tarjeta roja. Al volver a su casa, no dejaba de protestar: “No se puede echar al público”, eso decía, sacado de bronca. Martín, lo miraba sin decir nada, tenia vergüenza ajena por lo que había sucedido, y vergüenza propia porque era su padre el “inadaptado” de la cancha.
Por todo esto, el fútbol pasó de ser una pasión a su peor pesadilla. Prefería verlo por TV. La Champion´s League, la Liga Italiana, la Española, la Copa UEFA, el Apertura y el Clausura. No se perdía ninguna. Y cuando no había nada para ver en el cable, prendía la computadora. Y jugaba al Pro Evolution Soccer 8 hasta altas horas de la madrugada. Pero se negaba a ir al club, aunque le quedara cerca de su casa. Sus padres no entendían su abrupto desencanto con el fútbol. No tenía problemas con los demás deportes. De vez en cuando, iba a jugar al tennis o al paddle, también al gimnasio, y siempre decía que le encantaría empezar natación. Pero había borrado al fútbol de su mente.
A veces me daba lastima que desperdiciara así todo su potencial. Era muy buen jugador, y se sabía bueno. Yo quería que el fuera exitoso. Muchas veces había fabulado con verlo triunfando en Europa, llenándose de gloria y dinero, manejando un auto caro por las calles de Madrid. Soñaba que iba a visitarlo, iba a verlo jugar y decía: "Ese es mi hermano", llena de orgullo. Siempre me pregunto si el soñaría lo mismo, si el también se imaginaba manejando ese auto caro. Pero el ya no era feliz con el fútbol. Entonces trataba de conformarme viéndolo en alguna profesión, medico, arquitecto, fisioterapeuta, o quizás jugando otro deporte. Pero no podía, el había nacido para jugar al fútbol, aunque el no quisiera.
Quizás son etapas, en las que uno se desencanta y pierde las ganas de seguir haciendo siempre lo mismo. Son esas épocas en que la rutina te agota, entonces de un día para otro dejas todo, y te dedicas a la jardinería, o algún otro hobbie que no este relacionado en lo mas mínimo con lo que hiciste toda tu vida.
Ahora el sigue tomando la leche apurado, con algunas galletitas de agua, y baja trotando al club, a las 6.05, tarde como siempre. Entrena los lunes, los miércoles y los viernes, y juega partidos los domingos. Va y hace goles porque tiene alma de goleador. Todos lo ovacionan cuando tira un caño, una gambeta y uno que otro firulete. Pero ya no lo hace con ganas, quizás vaya por satisfacer las expectativas de su padre, de su familia, de su equipo, de su director técnico, de su club. Y quizás juegue por inercia. Eso nunca lo sabré.