skip to main |
skip to sidebar
Hoy fui testigo de un episodio humillante. Un cerco policial rodeaba la legislatura capitalina. Eran las 11 de la mañana, y mucha gente transitaba por la peatonal. Mujeres con niños, jóvenes estudiantes, ancianos. El cerco policial se mantenía firme, impidiendo el paso a cualquier transeúnte que osara seguir su rumbo. Algunos afortunados, otros esgrimiendo excusas falsas, lograron obtener el visto bueno y pudieron seguir su camino. Yo estaba allí parada, mirando la hilera azul que se levantaba ante mi. Curiosa, intentaba buscar explicaciones a cerca de lo que estaba ocurriendo. Un señor mayor, desorientado faltando el respeto a una persona mayor. Aun si hubiera sido un joven o un niño, no contestar cuando alguien pregunta algo es una falta de respeto. Sentí además bronca, por saber que nuestra seguridad esta en manos de unos irrespetuosos. Si no tienen respeto por las como todos los que nos encontrábamos a pocos metros de la legislatura, se acercó a la hilera azul y le preguntó a un agente la razón por la que nos estaban impidiendo el paso. Una explicación. Sólo eso: no estaba exigiendo información confidencial. Simplemente quería saber que estaba pasando. El policía lo miró, lo miró y lo siguió mirando, sin esbozar gesto alguno, sin decir ninguna palabra. Se quedó callado. Al lado del irrespetuoso señor de azul, había una señorita de azul, que en lugar de responder la pregunta - la simple pregunta - que le había hecho el señor mayor, se le largo a reír en la cara. Si, si, la señorita policía se le rió en la cara al señor. Entonces sentí vergüenza ajena. Vergüenza porque le estabanpersonas, ¿tendrán respeto por sus vidas? Sentí también una duda muy profunda ¿será que no saben hablar, comunicarse con el otro, armar una oración y expresarla en palabras? Si hasta los mudos se comunican, y a veces hasta mejor que nosotros los parlantes ¿o será que el hecho de que su uniforme sea azul y no sean corrientes civiles los hace sentir superiores y con el derecho de no respetar a los demás? Al final el señor terminó dando la vuelta a la manzana, quedándose sin respuesta a su pregunta y con la humillación de haber sentido que se le reían en la cara.