Escuchó sonar su teléfono y se preparó para lo inesperado. No era casualidad, pero realmente la tomó por sorpresa. Una aparición repentina, una presencia que sería próxima, tangible, deseada hasta el cansancio. Después de tres meses, Carlos se comunicó con ella, con el mismo tono amigable y dulce que había usado siempre para tratarla. “Señorita”, encabezó su mensaje, y ella supo que esa noche no sería igual a las demás. Desencantada por tanta búsqueda sin recompensa, había decidido vivir el resto de su vida sin el contacto espiritual, ni siquiera físico, con el sexo masculino. Muchas malas experiencias la habían convertido en una mujer dolida, atravesada por el desengaño. Y a pesar de su tierna edad, su corazón estaba surcado por amores no correspondidos, por la resignación de quien admite que ya no vale la pena correr, porque llegará tarde de todos modos.
30 diciembre 2007
Malenamoramiento
25 noviembre 2007
Insensatez
Me perdí queriendo ser algo que no era, me evaporé, me esfumé. Mi miedo está allí, ya no es una pesadilla: la mascara está fija, inamovible. Ya mi rostro es inmutable. ¿Negligencia? jamás. ¿Abandono? Tampoco. ¿Mala suerte? No lo creo. Desespero, y en el intento de quitar ese rostro ajeno, desconocido, intruso, rasgo mi cara y me lastimo. Sangro, me desangro. No logro quitarla, pero lo sigo intentando. Y cada vez se aferra más y más fuerte, y no me quiere soltar. Es tarde. Mi rostro ya no es mío. Yo ya no soy yo y este mundo ya no es el que era. Todo ha mutado, y mi persona ha muerto. Y todo esto, aunque yo siga pensando en revoluciones, en grandes hazañas, en un lugar mejor mientras el calor me desvanece.
13 noviembre 2007
VENTIUNO
Esa noche hicimos el amor sobre el colchón que estaba en el suelo. Habíamos llegado a la conclusión de que esa era la manera de reconciliar nuestras diferencias. La discusión había sido efímera, pero profunda, y nos habíamos dicho cosas que hieren. Habían vuelto a salir a luz cuestiones olvidadas, cuestiones guardadas en el cajón de la conveniencia, en algún lugar de nuestro rencor. Debo admitir que me gustaba discutir con él. No sé si por su lógica, o por alguna especie de masoquismo, o por probar mi tolerancia, pero siempre que discutíamos me llenaba de satisfacción. Era un mecanismo enfermo. Él siempre salía ileso, triunfal. Después de terminar, él salio rápido hacia el baño. Yo tenía la costumbre de demorarlo porque me encantaba ver su cara cuando terminaba, era una mezcla de agotamiento y placer que me volvía loca. Esa noche no lo demoré. No había demasiado tiempo, porque estaríamos solos por un rato. Cuando el salio del baño yo ya me había vestido. Me puse su remera que me quedaba larga, que me tapaba la cola, porque me había olvidado mi pijama. "Ponete mi remera para dormir", me había dicho antes de salir corriendo al baño. Yo le hice caso. Él salio y yo estaba acostada en el colchón, agotada. Se sentó a mis pies, yo lo miraba perdida, pensando para mi que él era hermoso, que era lo que mas amaba. Él puso música, empezó a sonar un cd de Soda Stereo. Mientras me acariciaba, hablábamos de música, de lo que nos gustaba y lo que no, de si esa canción que sonaba estaba buena y a que nos remitía. No me acuerdo que canción sonaba, "es un lindo tema", le dije. Sonó el timbre, él se termino de vestir y bajó a abrir la puerta. Yo me tapé, y me hice la dormida, hasta que me dormí de verdad. Desperté cuando sentí su presencia a mi lado, él había ido a decirme buenas noches. Nos abrazamos, nos besamos. Nos dijimos cosas dulces al oído. Le dije que había puesto el despertador temprano, porque me tenía que volver a casa, el dia iba a ser largo. Y él se dio vuelta, dándome la espalda. "¿Qué te pasa?", le pregunté sorprendida. "Pensé que te ibas a quedar todo el día conmigo", dijo y se levantó sin mirarme, se fue a su cama. Desperté temprano, él me abrió la puerta, me dio un beso seco, desabrido, desganado, y me despidió en la entrada del edificio. Me fui pensando en lo repentino que puede ser todo, en su abrupta reacción, en mandarlo a la mierda y no volver a hablarle por un tiempo. Me dolió su humor cambiante, su incomprensión. Pensé en volver a aclarar las cosas, a pedir una explicación. Pero sabía que no tenia sentido, que todo iba a terminar como siempre, haciéndonos el amor.
Lo conocí en una circunstancia particular, me acuerdo como si fuera ayer. Lo volví a conocer un año después, y desde ese día no nos separamos. Fue todo repentino, mágico. No creo en el amor a primera vista, pero con él fue similar. Llovía y su cara venía a mi mente, ocupaba mi pensamiento entero, mis más profundos deseos. Lo admiraba, por sus certezas y sus valores, por la forma que tenia de cambiarme la cara en los días grises y adversos. Lo amaba, porque a pesar de que a veces cuando me hablaba no lo escuchaba, él seguía contándome sus anécdotas, sus ideas. Él sabía que yo a veces no lo escuchaba, o que escuchaba lo que quería.
Era domingo. A las seis de la tarde me llamo por teléfono, no se oía bien, y yo presentí que estaba dolido. Me pidió que volviera, que necesitaba que aclaráramos los tantos, él no estaba bien y quería saber que me pasaba a mí. “No estoy bien”, me dijo, con voz temblorosa. Yo preparé mis cosas y me fui en busca de una reconciliación, porque odiaba estar distanciada, pelearnos. Odiaba porque sentía que pelearme con él no tenia sentido, porque las razones no tenían razón de ser, porque los dos queríamos estar juntos y sin embargo los dos pensábamos que él otro ya no quería estar. Me hacia sentir un vació gigante en el pecho, me hacia sentir insegura. Me daba miedo de cómo pudiera reaccionar. Él no era un tipo violento, era más bien bonachón. Siempre me había sorprendido su sensibilidad, no tenia vergüenza de llorar, a veces lloraba por cosas que no eran tan trágicas ni importantes, pero igual me rompía el corazón. Yo en cambio era una piedra, tenía una coraza que no me dejaba llorar en los momentos difíciles. Pero seguro lloraba cuando hablábamos cosas sencillas, siempre se me caía una lágrima cuando hablábamos del futuro, de nosotros dos, de los sueños. Siempre me soñaba a su lado. Tenia miedo de que algún día reaccionara mandándome a la mierda, de que me dijera que se había hartado de mis caprichos, de mis locuras, de mis inseguridades. "Me cansé de vos", imaginaba que me decía, con vos soberbia y con la bronca en su mirada. Pero eso no pasó esa noche. Me encontré con él al bajar del colectivo. Lo abracé, con cierta reticencia, esperando su reacción. Él me abrazó como un oso, me apretó fuerte, fuerte contra su pecho, pero su beso fue a penas un roce de labios. Entendí la señal: había posibilidades de dialogo conciliador, pero iba a costar. Caminamos de noche por el boulevard. Fuimos hasta el edificio, y subimos en silencio hasta el octavo piso. Entramos al departamento y empezamos a charlar. Cocinamos, nos hicimos algo rico de comer. Comimos viendo la tele, como lo hace cualquier familia, cualquier pareja, cualquier persona en estos días. Y después nos fuimos a la cama. Casi no hablamos, y sobre lo que teníamos que hablar no hablamos para nada. Hubo de nuevo sexo conciliador, y los dos la pasamos bien. Después cada uno se fue a su cama, nos dimos el beso de las buenas noches, y yo me dormí en seguida. Siempre me dormía después de hacer el amor, terminaba agotada. Él se quedaba mirándome dormir hasta que lo vencía el sueño. Siempre me lo confesaba al despertar.
27 septiembre 2007
El TieMpo
Diseñan reloj "para llegar tarde"
Ya está a la venta en España por el precio de 1.800 euros. Las reflexiones de un dentista sobre el sentido del tiempo de los españoles fueron la chispa que ha dado origen al primer reloj "para llegar tarde", un ingenio que ya está a la venta por el precio de 1.800 euros, unos 2.545 dólares.
Se trata de un modelo de alta gama denominado "EXTático", que tiene la característica de presentar una esfera girada a la derecha, con la cruceta de las horas ligeramente adelantada en tres minutos, aunque en realidad el reloj no retrasa.
Diseñado por un grupo de emprendedores radicado en Alcoy (Alicante, este), el reloj está impregnado de "espíritu español" ya que ese aparente retraso que marcan las agujas es solo un guiño para demostrar que en España no se vive con el "tiempo medido" sino que se disfruta de él, aseguró hoy su inventor, el estomatólogo Gilberto Salas.
Salas explicó que el tiempo es un concepto que le interesó desde pequeño y fue el eje de su tesis tras licenciarse de Filosofía, pero la idea de diseñar un reloj de este tipo le surgió en la playa de Gandía (Valencia) mientras hablaba del tema con otros amigos.
Para él, la forma de vivir el tiempo de los españoles es una especie de "anarquismo" y su forma de rebelarse contra el sistema.
Además está convencido de que la flexibilidad horaria de nuestro país, -"no es que lleguemos tarde a los sitios sino que nos rebelamos ante el sistema dictatorial del tiempo medido"-, acabará imponiéndose en Europa.
El reloj es de cuerda "porque es su propietario el que marca el ritmo de su funcionamiento"; esférico porque es la forma que se asocia al tiempo y no tiene segundero para evitar la sensación de que el tiempo inmediato nos angustia, precisó el inventor.
Cada ejemplar tiene una clave que sirve para identificarse en la web donde se puede solicitar al servicio técnico la recogida del reloj para su reparación desde cualquier parte del mundo.
De momento, están a la venta 300 ejemplares de los modelos "Momento oportuno", con esfera negra, y "Tiempo Ausente", con esfera blanca. Este último en homenaje a la "siesta", una de las más altas expresiones de la tecnología española, en palabras de Salas.
LA VOZ DEL INTERIOR
A veces pasan días enteros sin darnos cuenta. Últimamente estoy pensando mucho en el tiempo, en el tiempo perdido, pasado, y en el tiempo que me queda por delante. Pocas veces me detengo en el presente. Siempre mirando las horas pasar, esperando que el reloj marque el tiempo exacto de partir, las personas vivimos agobiadas por el paso efímero del tiempo. Estancamiento y aceleración. A veces los días se nos pasan volando, a veces se convierten en una eternidad. Los segundos, los minutos, las horas, los días, los meses, los años, son simplemente convenciones. Estamos atadas a ellas por la arbitrariedad que denotan. Pero siempre pueden ser violadas, desconocidas, en nuestros pequeños actos cotidianos. Llegar tarde, atrasar el reloj, o no usarlo. Estar despiertos de noche y dormir durante el día. Así, nos liberamos del pesado yugo del incesante tic-tac. Todo es tiempo. Pero no todos lo vivimos igual. Aprender a liberarnos de su peso y aprender a vivir el presente, cada segundo, es el desafió. Aunque todo avance y en su ciega marcha nos lleve por delante.
10 septiembre 2007
La gran promesa
Todos los domingos se jugaba el torneo. Local o visitante, su padre siempre estaba allí, era su fan numero uno. Él era un jugador habilidoso, un delantero de punta ligero y preciso. No le gustaba cabecear, pero sabía que a veces era necesario. Tenía piernas fuertes, macizas. Una vez, le quebró el brazo de una patada a uno de la promoción 1994, que iba a su colegio, porque le hacia chistes de mal gusto con su mama. “El me provocó”, se excusó. Esa vez le pusieron 10 amonestaciones, y no lo dejaron salir por un mes. No hubo fiestas de cumpleaños, partidos de tenis ni paddle, ni siquiera iba al cyber. “Debe ser porque no está canalizando la fuerza que tiene, eso lo debe poner violento”, decía la madre, preocupada. “Tiene que seguir yendo a fútbol, hay que obligarlo porque a el le hace bien”, pensaba para si.
El equipo dependía de él, técnica y anímicamente. Sus compañeros sabían que si él no iba, lo mas seguro era la derrota. A veces cuando él iba también perdían, pero era distinto, porque la culpa la tenían los otros, nunca él. Me acuerdo un domingo que estaba enfermo, volaba de fiebre. Los chicos de su clase lo fueron a buscar a su casa, para que fuera al club, el partido empezaba en media hora y les sorprendía su ausencia. Tocaron el timbre, domingo, 8 de la mañana, nadie se levantó a atender. Martín se levantó de la cama como pudo, con 38 grados de fiebre, y les dijo que no iba, que estaba enfermo. A los chicos se les cambio la cara. “¿Y ahora que vamos a hacer? ¿En serio te sentís tan mal?”, le dijeron. Ahora tenían que ver como hacer para suplantarlo, para no sufrir su ausencia. La dependencia del equipo se había vuelto una presión insoportable. La dependencia del técnico y las exigencias de su padre también.
Todos los domingos el padre iba religiosamente a verlo. El fútbol se había convertido en su religión, la cancha su templo, el partido su misa, y su hijo Dios. Durante los 30 minutos que duraba el encuentro, no hacia más que gritarle, son el corazón en la boca y los nervios de punta, distintas tácticas y estrategias para lograr el triunfo. “Adelantate”, “pica por derecha”, “despertate boludo”, “esta mañana estas dormido”, y otra serie de enunciados que se habían vuelto una oración sabida de memoria, repetida cada partido. Una vez el arbitro paró el partido para pedirle que se callara, porque lo desconcentraba y desconcentraba a los jugadores con sus gritos enardecidos. Indignado le grito al arbitro: “payaso, vos no sabes dirigir”. Y el árbitro lo hecho de la cancha, lo expulsó sacándole la tarjeta roja. Al volver a su casa, no dejaba de protestar: “No se puede echar al público”, eso decía, sacado de bronca. Martín, lo miraba sin decir nada, tenia vergüenza ajena por lo que había sucedido, y vergüenza propia porque era su padre el “inadaptado” de la cancha.
Por todo esto, el fútbol pasó de ser una pasión a su peor pesadilla. Prefería verlo por TV. La Champion´s League, la Liga Italiana, la Española, la Copa UEFA, el Apertura y el Clausura. No se perdía ninguna. Y cuando no había nada para ver en el cable, prendía la computadora. Y jugaba al Pro Evolution Soccer 8 hasta altas horas de la madrugada. Pero se negaba a ir al club, aunque le quedara cerca de su casa. Sus padres no entendían su abrupto desencanto con el fútbol. No tenía problemas con los demás deportes. De vez en cuando, iba a jugar al tennis o al paddle, también al gimnasio, y siempre decía que le encantaría empezar natación. Pero había borrado al fútbol de su mente.
A veces me daba lastima que desperdiciara así todo su potencial. Era muy buen jugador, y se sabía bueno. Yo quería que el fuera exitoso. Muchas veces había fabulado con verlo triunfando en Europa, llenándose de gloria y dinero, manejando un auto caro por las calles de Madrid. Soñaba que iba a visitarlo, iba a verlo jugar y decía: "Ese es mi hermano", llena de orgullo. Siempre me pregunto si el soñaría lo mismo, si el también se imaginaba manejando ese auto caro. Pero el ya no era feliz con el fútbol. Entonces trataba de conformarme viéndolo en alguna profesión, medico, arquitecto, fisioterapeuta, o quizás jugando otro deporte. Pero no podía, el había nacido para jugar al fútbol, aunque el no quisiera.
Quizás son etapas, en las que uno se desencanta y pierde las ganas de seguir haciendo siempre lo mismo. Son esas épocas en que la rutina te agota, entonces de un día para otro dejas todo, y te dedicas a la jardinería, o algún otro hobbie que no este relacionado en lo mas mínimo con lo que hiciste toda tu vida.
Ahora el sigue tomando la leche apurado, con algunas galletitas de agua, y baja trotando al club, a las 6.05, tarde como siempre. Entrena los lunes, los miércoles y los viernes, y juega partidos los domingos. Va y hace goles porque tiene alma de goleador. Todos lo ovacionan cuando tira un caño, una gambeta y uno que otro firulete. Pero ya no lo hace con ganas, quizás vaya por satisfacer las expectativas de su padre, de su familia, de su equipo, de su director técnico, de su club. Y quizás juegue por inercia. Eso nunca lo sabré.
03 septiembre 2007
EL SINSENTIDO DE LA POLITICA
